Elián, la gran victoria
es un artículo del miembro de la RED VASCA ROJA Carlos Aznárez, Director de Resumen Latinoamericano publicado en GARA el 30 de junio de 2000.
Carlos Aznárez * Director de «Resumen Latinoamericano»
Elián, la gran victoria
Por fin algo que podamos festejar, y otra vez la posibilidad nos la brinda, tan generosa como siempre, la Cuba revolucionaria y socialista.
Elián, ese pionero inconquistable de la ciudad de Cárdenas, va a volver a sentarse en su pupitre como deseaban sus compañeritos y los once millones de cubanos y cubanas que se movilizaron incansablemente desde el mismo momento en que la mafia de Miami y la prepotencia gringa decidió apoderarse de él como un trofeo de guerra. Elián ya está otra vez en esa isla rebelde que todos admiramos por la pujanza de su gente y la dignidad de sus gobernantes.
Tremenda lección para todas y todos los que a veces en nuestras respectivas batallas solemos sentir desaliento o por qué no decirlo, cierta dosis de incredulidad sobre las metas que nos hemos trazado colectivamente. Elián volvió a Cuba porque ese «gigante moral» que es el pueblo del «largo lagarto verde» como diría el poeta Nicolás Guillén no bajó los brazos ni un solo momento de estos siete meses de batalla en la que Fidel, el comandante en jefe de todas las victorias, marcó el ritmo justo de la ofensiva popular contra la prepotencia del Gobierno estadounidense.
Millones de personas se movilizaron para que la devolución del niño no fuera cosa de un milagro, precisamente porque los milagros no existen y los cambios cuando son auténticos se consiguen con gran sacrificio. Pero a diferencia de lo que hubiera ocurrido en otra parte de este planeta globalizado y sometido al capitalismo, en Cuba la gente se movilizó sabiendo lo que quería. Como siempre lo ha hecho. Como cuando Playa Girón o Bahía de Cochinos. No dejando que el verdugo de Washington marcara las pautas sino imponiendo lo que le dictaba su propia inteligencia. Y esa conciencia que ha adquirido en estos 41 años de Revolución invencible.
La gente ganó la calle pero también las ondas, y los medios de comunicación cubanos libres de publicidad y del criterio empresario dictatorial que sufren sus colegas occidentales que soportamos a diario jugaron un papel fundamental en la revuelta para que Elián volviera a la Patria. Tribunas antiimperialistas callejeras desbordadas por los jóvenes que gritaban sus verdades frente a la emblemática Oficina de Intereses yanqui, y tribunas televisivas que no sólo reflejaron el rugido de indignación por el secuestro sino también sirvieron para contar cómo viven y padecen los pueblos del mundo cuyos gobernantes sancionan a Cuba en foros internacionales. Y allí se habló de todos ellos, desde los Estados Unidos, el genocida universal por excelencia, que condena a millones de sus ciudadanos a la miseria, que ejercita la pena de muerte como un juego electoral, que acaba de ejecutar al militante negro Shaka Sankofa y amenaza hacer lo mismo con Mumia Abu-Jamal, hasta los Estados español y francés que mantienen secuestrado, no a un niño sino a todo un pueblo que se llama Euskal Herria y lucha como hizo Cuba en 1959 por su independencia. De todo eso y mucho más se debatió en estos siete meses en Cuba a propósito de los carceleros de Elián. Y la respuesta solidaria de la población, pero sobre todo de su juventud que se prepara para recibir el testigo, logró convertir lo que parecía un revés, nuevamente en victoria.
¿A qué país vuelve Elián? ¿Por qué no lograron quebrar la resistencia de Juan Miguel, su padre, a pesar de ofrecerle mil prebendas económicas? Muy simple, el paraíso no se gana con dinero sino con valores humanos que los enemigos de Cuba no poseen.
A la entrada de la majestuosa y caribeña Trinidad hay un inmenso cartel que advierte al visitante: «En este preciso momento millones de niños están muriendo de hambre, ninguno de ellos es cubano». Y es tan cierto como que Cuba es el gran jardín de la infancia que todos los pueblos del Tercer Mundo quisieran tener para sí. Sólo basta ver las calles llenas de ese bullicio que sólo pueden meter los niños y niñas cuando se sienten libres, correteando de un lugar a otro, sin miedos de ningún tipo ni pasando el hambre que les obligue a delinquir como hacen sus coleguitas de toda Latinoamérica. Allí, por suerte, no conocen a «Pokemon» ni el «Tamagochi» ni mucho menos el «Play station». Juegan a fabricar patines con latas abolladas de refrescos, inventan partidas de béisbol con bates artesanales de madera, convocan al «escondite» o a «huir de La Chila» (el Coco) a la que a veces representan como el Tío Sam. Felices, seguros, inteligentes, mimados por millones de padres y madres que no dejan que les ocurra nada grave sin que enseguida no se estire una mano o se haga un gesto solidario para enjugar las lágrimas ante alguna eventual caída o una enfermedad momentánea. Son, indiscutiblemente, seres incontaminados ya que no padecen por suerte para su futuro las tremendas y distorsionadoras tentaciones del consumo que viven nuestros chavales cada minuto de su vida en esta otra parte del mundo.
Por eso Elián volvió a Cuba, para seguir siendo niño y no un «superdotado», para entretenerse con los «muñequitos» y no con esos monstruos violentos y xenófobos que ofrecen las televisiones norteamericanas y que éstas le venden al resto del mundo.
Esto tan simple como el agua, jamás lo podrían entender los revanchistas de Miami, la parentela que lo quería para hacer un buen negocio, o los ricos y famosos como Gloria Estefan, Andy García o Zoe Valdéz. A ellos, sólo les queda seguir ladrando su ponzoña.
A nosotros y nosotras, festejar solidariamente con el pueblo cubano.